jueves, 8 de febrero de 2018

NEWTON, EL FIN DEL MEDIEVO


"Platón es mi amigo, Aristóteles es mi amigo, pero mi mayor amigo es la verdad". Seguramente, cuando pronunció esta célebre frase, muchas de las personas que lo conocían comprendieron inmediatamente por qué, Sir Isaac Newton, era un personaje arisco y solitario. Solo escuchar su nombre causa en nosotros un sentimiento de respeto casi divino, y nos lo imaginamos envuelto en una especie de aura mística, más digna de un sabio iluminado moderno que de uno de los últimos hombres del pensamiento medieval. Newton nunca destacó por su don de gentes, llegando a convertirse más un ser al que admirar que alguien cercano; y siempre fue una persona insegura, hasta tal punto que llegó a retrasar las publicaciones de sus grandísimos descubrimientos durante décadas por miedo a las críticas que pudiera recibir. Ya había tenido una mala experiencia al respecto con el afamado científico de la época Robert Hooke, cuando Newton dio a conocer en la Royal Society su teoría corpuscular de la luz. Robert lo criticó duramente y esto provocó que la publicación de la obra Optica se retrasara hasta la muerte del mismo. Esto choca con el verdadero pensamiento de Newton, que ya se revelaba como un visionario muy adelantado a su tiempo, con una mente tan superior, que inevitablemente le causaría un aislamiento del resto de mortales. Lejos de un universo puramente mecánico típico de Descartes, en el que un ser divino le da inicio para desentenderse de él, Newton sentía que Dios residía en cada uno de los átomos que lo componen, manifestándose a cada instante revelando unas leyes tan hermosas como simples, únicas e interrelacionadas entre sí, y que explicaban el funcionamiento del universo al completo. Sir Isaac Newton sentía que Dios le hablaba a través de las matemáticas para comprender el mundo.


            Nació en 1642 en la localidad de Woolsthorpe, en el seno de una familia humilde dedicada a la tierra y el ganado. Debido a la muerte de su padre y a un segundo matrimonio de su madre, Newton se vio desplazado a casa de su abuela, donde no hizo más que aumentar su odio hacia sus progenitores. Desde niño ya mostró dificultades para relacionarse con los demás y siempre trataba de mostrar su superioridad intelectual, lo que causaba desconfianza en sus compañeros de colegio. Siempre mostró gran habilidad en la construcción de ingenios. Solía atar linternas a las colas de cometas que él mismo diseñaba para aterrorizar a sus vecinos por las noches. Usaba también esta habilidad para ganarse la cercanía y confianza de las niñas, según el testimonio de una de ellas que, ya de anciana, se atribuyó una relación sentimental con Isaac, la única que se le conoce durante toda su vida. Durante sus años de colegio desarrolló una feroz competitividad que determinaría su carácter y modus operandi para el resto de su vida.
            En 1661, y tras demostrar sus grandes capacidades teóricas, Newton ingresó en el Trinity College de la universidad de Cambridge. Las innovadoras teorías celestes de Kepler y terrestres de Galileo habían sido ya publicadas y casi al mismo tiempo prohibidas por la iglesia católica, por lo que las enseñanzas impartidas a lo largo y ancho de Europa eran todavía la física y cosmología aristotélica. No fue hasta después de su graduación en sus Annus Mirabilis, entre 1664 y 1666, cuando, recluido en la granja donde se crió, debido a una epidemia de peste que asolaba Trinity College, hizo la mayor parte de sus grandes descubrimientos, el cálculo infinitesimal, las leyes de gravitación universal y la teoría corpuscular de la luz. Newton se encontró un panorama ya bastante bien encaminado, pero a falta de un aparato matemático capaz de englobarlo todo. Por un lado, Kepler había descubierto las órbitas elípticas de los planetas, formulando sus famosas leyes de los movimientos celestes, y por otro Galileo había encontrado unas leyes para el movimiento de los objetos en la superficie terrestre; y eran misteriosamente parecidas. Posiblemente, el famoso mito de Newton y la manzana que le inspiró a formular la ley de gravitación universal, nunca existiera y fuera una dramatización creada para dar importancia al simple hecho de que encontró la respuesta en la granja de su familia llena de manzanos. Tras calcular cuánto caía un objeto sobre la superficie de la Tierra, Newton se hizo la gran pregunta que le llevó a unificar finalmente, mediante sus tres leyes, la esfera supralunar y sublunar ¿Cuánto está cayendo la luna hacia la Tierra en cada segundo? La respuesta fue 3 milímetros. Pero no todo fue hazaña solitaria. Muchos intervinieron de forma determinante, como por ejemplo Robert Hooke, con su ley del péndulo, tanto para la fuerza centrípeta que luego formularía Newton como para el cálculo de una fuerza ejercida por un cuerpo central. O Sir Edmund Halley, descubridor del cometa que ahora lleva su nombre, el cual le propuso el problema del movimiento de los planetas entre otros.
            Pero la leyenda de Newton no se queda aquí, fue también inventor del telescopio reflector, gracias al cual fue admitido en la Royal Society, descubrió que la luz está compuesta por un haz de 7 colores que hoy llamamos arcoíris, desarrolló el calculo infinitesimal a la par de Leibniz y posteriormente los principios de la mecánica de fluidos. No obstante, fue más un hombre del medievo que de la era moderna, de hecho, podemos considerarlo al mismo tiempo el último de los alquimistas y el primero de los científicos modernos, no en vano más de tres cuartas partes de su biblioteca estaban dedicadas a la alquimia, la teología o la astrología entre otros temas esotéricos. Como dice John Maynard Keynes "Newton no fue el primero de la edad de la razón, fue el último de los magos, el último de los babilonios y sumerios". Pasó también por episodios de depresión aguda, posiblemente causados por el mercurio de sus experimentos alquímicos, pero tras recuperarse llegó a ser director de la casa de la moneda y ocupó la cátedra que hoy regenta Stephen Hawking.
            Isaac Newton fue un antes y un después, el hombre que marcó el fin de una era, a la que aún pertenecía, y el inicio de otra que llega hasta nuestros días. Heredero del legado que Copérnico destapó y genios como Kepler, Galileo, Huygens, Giordano Bruno o Descartes, supo congeniar todas las ideas que llegaron hasta su tiempo en su gran obra Principia Mathematica Philosophia Naturalis. No sin razón fue calificado como el genio más afortunado de todos los tiempos, pues una persona solo puede descubrir un sistema del mundo una vez en la historia.

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca

lunes, 4 de diciembre de 2017

ALEXANDER VON HUMBOLDT, EL PADRE DE LA ECOLOGÍA

Recuerdo casi el instante de la primera luz que bañó mis ojos el día de mi nacimiento, un 14 de septiembre de 1769, en la habitación de mi madre en el castillo de Tegel, muy cerca de Berlín. Recuerdo el sonido del mecer de las hojas de las hayas centenarias que amurallaban la parte trasera del palacio, cada vez que salía a jugar con mi hermano Wilhem. El olor de los tulipanes en primavera cuando mi familia organizaba fiestas para la nobleza alemana, mi hermano y yo solíamos ausentarnos para correr por los vastos jardines hasta que fue nuestra presentación en la alta sociedad. Recuerdo mi infancia con pelos y señales y sin embargo no consigo recordar, a mis 90 años, el momento en el que se despertó mi exacerbado amor por la naturaleza. Pudo ser la fantasía de mundos lejanos, inspirada por la adaptación del Robinson Crusoe de Alejandro Dumas, que de forma magistral hizo mi ilustradísimo tutor Joaquim Campe; o quizás el crucero iniciático por el Rin que me llevó a Holanda y de ahí a Inglaterra. A mi regreso por Francia tuve la fortuna de conocer a idealistas revolucionarios. Uno no sabe lo equivocado que está hasta que descubre la verdad desde la que ver el error, y siempre estaré agradecido a mi amada madre por haberme quitado de la cabeza la estúpida idea de ir al ejército.


            No pasó un solo día durante mi formación en la Escuela de Minas de Freiberg, ni durante el aburrido trabajo para el gobierno que le siguió, en que mi mente no soñara con descubrir nuevos mundos, así que, tras la muerte de mi madre, y con una herencia tan inmensa que no pensé acabarla en 10 vidas, decidí, a mis 29 años, rogar audiencia formal con su majestad Carlos IV, rey de España, y partir hacia lo desconocido. Pese a que mi idea inicial fue Marruecos, la gran actividad científica sobre Las Américas que vi en los españoles me llevaron a partir del puerto de La Coruña hacia el nuevo mundo. Recuerdo ver empequeñecerse en la orilla el Castillo de San Antón, donde se hallaba preso por traición, dijeron las autoridades, el ilustre Don Alejandro Malaspina, uno de los más grandes exploradores que este bello mundo ha conocido. No pude evitar sentir miedo de correr la misma suerte, pero iniciaba así la gran aventura que cambió mi vida, mi mente y mi espíritu.
            Desperté un día en mi posada del puerto de Cumaná, en el norte de Venezuela. Un lugar arropado por palmeras de verde jade y flores rojo fuego, tan diferentes de las europeas, bajo un Sol que lucía como un diamante, al pie de la hermosa bahía de arena como la harina, que un agua impoluta color turquesa bañaba con mimo. Papagayos, loros, cacatúas y pájaros de mil clases entonaban una sinfonía tropical que, pese a lo ruidoso, no resultaba en absoluto molesta. Meses antes había pasado un período de adaptación en Tenerife, visitando el afamado Jardín de Aclimatación, donde uno puede familiarizarse con las nuevas especies, y ascendiendo al Teide para tomar muestras, gesta que su ilustre Charles Darwin trató de repetir décadas más tarde, pero el nuevo mundo te deja sin palabras. Mi expedición partía de Cumaná a la cueva de los Guacharos para estudiar estas misteriosas aves nocturnas y su extraña costumbre de vivir en los submundos. Pero, aunque mi vista, oído y olfato se deleitaba con este maravilloso cóctel natural, mi espíritu se horrorizaba al ver como ese mismo Sol bañaba también la piel untada en aceite de decenas de esclavos africanos, que los españoles vendían sobre esas divinas arenas. Gritos de mercaderes y clientes se mezclaban con la fauna autóctona, convirtiéndolo en un paraíso perdido. Decidí, tiempo después, partir hacia el interior, gracias a lo cual pude redescubrir el enigmático brazo Casiquiare que une la cuenca del Orinoco con el Amazonas. Y este solo fue el principio de un millón de aventuras que vinieron luego.
            En Quito, la noche anterior a mi ascensión al volcán Pichincha, sentí el poder de la madre Tierra, sacudiendo la ciudad hasta sus cimientos. Juzgaba a los ecuatorianos como irresponsables, vagos y viciosos, pero cuando en un solo segundo puedes perderlo todo, incluyendo la vida, se comprende cómo la naturaleza puede forjar el carácter de un pueblo; y la unión, que ya sospechaba que existía, de la propia vida con el planeta. No sé si por celebración o por miedo, decidí esa noche abandonarme junto a ti, mi amado amigo Carlos Montúfar, a los placeres de la ciudad de Quito. Las malas lenguas quisieron ver el nuestro como un amor impuro, dos palabras jamás conjugables. Tuviste la amabilidad de acompañarme después a descubrir el corredor de los volcanes hacia el Sur, Chile, donde aprendí que éste es un planeta vivo, y donde descubrí también la corriente oceánica del pacífico que ahora lleva mi nombre.
            Ah… mi amado amigo Montúfar, como hubiera querido que me acompañaras a las tierras del sur de Estados Unidos a las que llaman Nueva España, donde tuve el privilegio de ascender al Jorullo, emergido de las mismísimas profundidades de la Tierra tan solo 44 años antes, y todavía activo. O en mi viaje por Estados Unidos, donde el mismísimo presidente Thomas Jefferson me retuvo hasta que “accedí” a darle copias de mis mapas, que unos años después usó con fines bélicos.
            Ahora me encuentro aquí en mi residencia de Paris, dilapidada mi fortuna en la colosal edición de mi magna obra “Cosmos”. Yo, Alexander Von Humboldt, al que llaman el último científico universal, al que dicen más famoso que Napoleón y donde todo el mundo me conoce, tan solo desearía pasar mis últimos días junto a ti, mi amado amigo Carlos Montufar.


Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca

jueves, 5 de octubre de 2017


JOHANNES KEPLER


LA ARMONIA DEL MUNDO DE JOHANNES KEPLER

          “Pero en medio de todo está el Sol. Porque ¿quién podría colocar, en este templo hermosísimo, esta lámpara en otro o mejor lugar que ése, desde el cual puede, al mismo tiempo, iluminar el conjunto? Algunos, y no sin razón, le llaman la luz del mundo; otros, el alma o gobernante. Trimegisto le llama el Dios visible, y Sófocles, en su Electra, el que todo lo ve. Así en realidad, el Sol, sentado en trono real, dirige la ronda de la familia de los astros.”
          Así de contundente dictaba Copérnico en su revolucionaria obra “Sobre la revolución de los orbes celestes” con la que, definitivamente, se iniciaba el heliocentrismo como un tren sin frenos. Estas palabras hicieron mella en la joven mente de Johannes Kepler que, en una época en la que se estaban removiendo los mismísimos cimientos del mundo, se declaró heliocentrista convencido. Pese a tener un pensamiento más próximo al medievo que a la era moderna, este enigmático y desconocido científico fue capaz, por fin, de darle una armonía al mundo y desentrañar los movimientos de los astros.
          Kepler nació en el seno de una buena familia venida a menos, en una pequeña localidad del sur de Alemania llamada Weil, en 1571. Ya desde pequeño, y a lo largo del resto de su vida, se vio perseguido por la mala suerte. Su tía fue quemada en la hoguera por brujería y más tarde su propia madre fue acusada por la inquisición por la misma razón; aunque afortunadamente consiguió librarse de la suerte de su hermana. Su primera esposa murió a causa de la locura y los 7 hijos que tuvo con la segunda murieron antes que él a causa de accidentes y enfermedades. No es aventurado, pues, pensar que Johannes Kepler se refugió en los cielos a la vez que en su propia mente. Platónico empedernido, se tomó como meta en la vida desentrañar los secretos del cosmos, pues una creación divina no podía sino responder a una ley tan bella como simple. Así que, lleno de determinación, emprendió un camino que ni siquiera él mismo pudo llegar a imaginarse.  Fue además un hombre capaz de trascender sus propios prejuicios, dejando a un lado las ideas preconcebidas que todavía se arrastraban de Aristóteles, para ceñirse exclusivamente al estudio de datos exhaustivos (fueran cuales fueran sus implicaciones). Y en aquella época, los datos más precisos del mundo estaban el poder de Tycho Brahe.
          Tycho Brahe fue un excéntrico noble apasionado de la astronomía que no solo perfeccionó, sino que también inventó, nuevos aparatos de medida. Su precisión en las mediciones y observaciones, siempre a simple vista, llegaron prácticamente al límite de lo que era posible antes de la invención del telescopio. No obstante, poco tiempo después, Galileo decidió utilizarlo para algo más que para la navegación y decidió apuntarlo hacia el cielo. Tycho Brahe sin embargo, era un detractor acérrimo de la teoría heliocéntrica de Copérnico y no fue capaz de aceptar la abrumadora evidencia de su trabajo le ponía ante sus ojos. No obstante, contribuyó de una forma decisiva al definitivo derrumbe de dos de los grandes pilares de la cosmología del medievo:
          1.- la inmutabilidad de los cielos, demostrando que la supernova aparecida en 1572 no era un fenómeno sublunar sino la aparición de una nueva estrella.
          2.- la existencia de las esferas cristalinas que transportaban los planetas, conclusión a la que llegó estudiando la trayectoria de los cometas.
          Kepler, atraído por la magnitud de su trabajo, quiso obtener los datos de Tycho para así poder desentrañar la armonía del movimiento planetario, de forma que el 1 de enero del año 1600 puso rumbo al observatorio de este último. La relación no fue buena, pues hablamos de dos mentalidades completamente diferentes: pensamiento moderno frente a pensamiento medieval. Lamentablemente su trabajo conjunto no llegó a dos años, Tycho Brahe murió en 1601. Kepler entonces se obcecó en conseguir los datos, viéndose obligado a robárselos a la familia Brahe.
Y éste fue el principio de todo. Kepler era un excelente matemático (recordemos que las matemáticas entonces no estaban muy desarrolladas) y utilizando todo su ingenio se lanzó a estudiar las posiciones planetarias, primero de la Tierra, pues ahora estaba en movimiento, y después de Marte, el más enigmático de todos. La enorme precisión de los datos de Tycho Brahe le permitió descubrir una pequeña excentricidad en la circunferencia de las órbitas tanto de Marte como de la Tierra, concluyendo así que las órbitas eran elipses. Nació así la primera ley de Kepler: “Las órbitas de los planetas son elipses y el Sol está en uno de sus focos”; y la segunda: “La velocidad orbital de un planeta es tal que una línea imaginaria que lo una con el Sol barre áreas iguales en tiempos iguales”. Su emoción por haber descubierto una armonía común tan hermosa lo llevó a intentar ir más allá, hallando así su tercera ley: “Los cuadrados de los periodos de los planetas son directamente proporcionales a los cubos de sus distancias medias al Sol”.
Lo más sorprendente son las conclusiones que dedujo de todos sus descubrimientos. Dedujo que del Sol emana una fuerza que, al igual que la luz, disminuye con la distancia, haciendo girar más despacio a los planetas más lejanos. Pensó entonces que la Tierra ejercía la misma fuerza sobre la Luna y que los objetos ofrecían una resistencia al movimiento proporcional a su masa, así como que los objetos se atraen entre si de una forma inversamente proporcional a sus masas… un pensamiento bastante cercano al de Newton; y muchas veces se dice que Newton simplemente resolvió el problema que había dejado Kepler… pero eso lo estudiaremos en otro artículo.

Rubén Blasco – Agrupación Astronómica de Huesca


jueves, 7 de septiembre de 2017

Relato de un eclipse. EEUU 2017

Hace ya más de un año que la Agrupación se puso a trabajar para preparar una expedición a EE. UU. para observar el eclipse de Sol de este pasado mes de agosto de 2017.


Un reto que se complicó en el momento en el que se abrió el plazo de preinscripción, 150 inscritos de los que al final fueron 120.
Preparar un viaje de este tipo para 120 personas se presentaba tarea harto complicada.
Debería ser un viaje atractivo sin que se disparara el precio y apto para todos los públicos. También tendríamos que complementarlo con algo más relacionado con la astronomía y había que movilizar, proporcionar alojamiento y desplazar dos autobuses simultáneamente (sólo había un eclipse y no podíamos dividir el grupo en dos turnos).
Los viajes al Oeste de EE. UU. se disparaban de precio y en los viajes al Este, aunque el tiempo era mucho más inseguro, podíamos visitar también Cabo Kennedy (Cabo Cañaveral). Finalmente se apostó por la segunda opción, aunque fuera más arriesgada y el tiempo pudiera no acompañar el día del eclipse.


¡El 16 de agosto la expedición se puso en marcha!
120 personas entre socios y simpatizantes de AAHU y socios de otras agrupaciones pusimos rumbo a Miami.



Una visita a Miami y próxima parada, nuestro segundo plato fuerte del viaje (el primero era el eclipse), visita a Kennedy Space Center de la NASA. Base que usa la NASA desde 1968 para el lanzamiento de cohetes.
El transbordador Atlantis, un Saturno V, Cápsula del Apolo XIV, trajes espaciales originales y un tour en bus por las áreas restringidas de estas instalaciones: plataformas de lanzamiento de la NASA, Space X, Boeing, edificio de ensamblaje... en fin, un sueño para cualquier aficionado a la astronomía y viajes espaciales.





Tercer y cuarto día: Orlando. A disfrutar peques y mayores con los parques temáticos: Walt Disney World, Universal Studios...


Próximo destino: Savannah. Desde allí partirá nuestra expedición para ver el eclipse (comienzan los nervios). De camino visitamos la población de San Agustín.
Día 21: Día del Eclipse.
Las previsiones meteorológicas no cambiaban desde hacía días. Un 60% de probabilidad de lluvias y, por lo tanto, nubes. La previsión de lluvias en la zona costera y despejado en el interior se alternaba caprichosamente haciendo más complicada, si cabe, la elección del lugar para la observación.
Previendo tráfico intenso y atascos, según advertían las autoridades, a las 8 AM  en los autobuses, preparados para partir en busca del eclipse.
Horror!. Todos montados y un autobús con una rueda pinchada!
No podía ser cierto!


Se tomó la decisión de salir un autobús por delante y así ver qué tiempo había en la zona y determinar qué dirección tomar, si hacia la costa o al interior.
Tomamos la interestatal 95, rumbo norte y al llegar al cruce con la 26 decidimos ir un poco hacia el interior para ver cómo pintaba el cielo. Había bastantes nubes y tormentas alrededor, pero hacia la costa parecía mucho peor. Decidimos parar en un área de servicio cerca de la localidad de Orangeburg para esperar al segundo autobús. Una zona gigantesca, con jardines, sombras, servicios, en la que ya se respiraba el ambiente del eclipse. Incluso había una caravana gigante instalada en la que se leía "Cazadores de eclipses". Buena señal!. El pinchazo nos había llevado hasta allí y la suerte estaba echada. Veríamos el eclipse de Sol desde ese lugar. No quedaba más que cruzar los dedos y esperar a que el cielo se despejara en las cuatro horas que quedaban de espera.


A la hora y media llegó el segundo autobús. Varios compañeros comenzaron a montar sus telescopios y equipos fotográficos en el lugar elegido. Los nervios estaban a flor de piel.


A las 13:14:40 comenzaba la fase de parcialidad y continuaban las nubes y claros. Se pudo hacer un seguimiento muy bueno de esta fase, pero algunas nubes amenazaban con tapar el Sol en el momento justo de la fase de totalidad.

Foto: Diego Fernandez
10 minutos para el eclipse total: pasa la última nube y el cielo queda totalmente despejado. Por fin pudimos relajarnos un poco. Un aficionado que había venido desde Alabama para ver el eclipse y también había terminado en ese lugar, portátil en mano, nos hizo una cuenta atrás.
10, 9, ... 3, 2, 1 y...oscuridad total. Gritos de alegría, abrazos, todos señalando al Sol... increíble!. Imposible describirlo con palabras, un espectáculo único!.



Ahí estaba!, la Luna, el Sol y su increíble corona, estrellas, planetas, todo a la vista a las 14:43:40.
La fase de totalidad acabó a las 14:46:03. Precioso pero corto, muy corto, pero con la satisfacción de haber conseguido el principal objetivo del viaje: ver un eclipse total de Sol. Un momento compartido por 120 compañeros de agrupación, sin duda todo un hito en AAHU.
Al día siguiente, y todavía asimilando lo que habíamos visto, continuamos nuestro viaje. Charleston, Raleigh (Museo de Ciencias Naturales), Washington (Museo Smithsonian del Aire y el Espacio, Capitolio, La Casa Blanca, Washington Monument, Jefferson Monument, Lincoln Memorial...), Nueva York (Estatua de la Libertad, Times Square, Chinatown, Metropolitan, Moma...).







Día 13: regreso a casa.
Un increíble viaje en el que la suerte nos acompañó.
AAHU ya está trabajando en su siguiente viaje: 2018, destino Madagascar (cielo austral).

Agradecimientos especiales para: Alberto Solanes, Olga Pallruelo y demás personal de la Agrupación que han hecho posible este viaje.
También agradecimientos para Marian Lopez y Jose Antonio Molina de Viajes Nautalia, agencia con la que hemos realizado este viaje.
J.A

miércoles, 6 de septiembre de 2017